sábado, 2 de diciembre de 2006

PoR FiN La sAnGre CorRiÓ

El CuCHiLlo QuE cOrTa El BIstEcK y lA NiñA QuE Se pINchÓ La MAnO. Parte II


Abzurdah no es el primer ni será el último libro que nos cuente las vívidas experiencias del hambre y del dolor auto infringidos. Desde tiempos inmemorables (por no decir ignotos a la autora de esta breve reflexión), se han escrito con tinta color sangre y lágrima versos a ese incomprensible placer masoquista y destructivo, que al común individuo de la sociedad contemporánea le parece semejante sandez, y de inmediato tacha a sus percusores de locos o insanos.

Recuerdo muy bien cuando, siendo niña, mostraban en programas televisivos casos de chicas extremadamente delgadas, raquíticas. Y puedo apostarles sin la menor duda que yo con mi mediana estatura de ese entonces, pesaría lo doble que esa adolescente que se negaba a abrir la boca para probar o tan siquiera lamer bocado. Decía verse gorda; más que eso, obesa. Y no tenía por ende derecho alguno a comer lo que fuere aparte de una hoja de lechuga y limón como aderezo. Mi familia miraba espantada el show y yo, silenciosa, invisible e inmutable como siempre fue y siempre será, sentía una enorme envidia subiendo inexorablemente por mis pantorrillas, luego por las piernas y muslos, para por último instalarse en la válvula mitral de mi corazón y bombear desde ella su veneno a través de mi sangre a todos y cada uno de los confines de mi ser.

Cuanto odio no sentí por esa chica y me sorprendí y espanté al escuchar una vocecilla muy tímida y lejana que decía: que se muera. ¿Qué se muera? Repetí haciendo eco al apagado murmullo. –Sí, que se muera. Es un esqueleto, no le falta mucho en todo caso. Además, ¿ de que serviría que viviese? Es una enferma, una débil emocional. Si, eso exactamente, como tú. Pero tú, chiquilla inútil y mediocre, ni eso puedes. Eres un cerdo que no para de tragar día y noche, que no soporta ver un pastelillo y que pase por desapercibido. Tú que a la primera sensación de hambre cede a jambarse con golosinas y chocolates, no le llegas ni a las rodillas a este despojo de humanidad que ves en pantalla.

-Déjame en paz. Sólo atiné esas palabras mientras mi garganta se ahogaba y mis ojos humedecían.- Tengo ocho años, ¡soy una niña!
-Pero estas gorda, ¿o me lo vas a negar? Ja, extraña coincidencia, ¿te has dado cuenta de lo que traes en las manos? Una donita. Ojalá y fuera una donita, pero es una donota, tan redonda y grasosa como tú. NUNCA VAS A SER FLACA, JAMÁS.


Y calló, se perdió aquella indeseable presencia entre los gestos de desaprobación de mis abuelos, de la incredulidad de mi madre y la soberbia de mi tía al creer que eso era imposible de que llegase a ocurrir en nuestra familia. Me integré a la plática, alegre y con mi dona en boca haciendo los comentarios más maduros, juiciosos y como agregado, hilarantes que pudiesen esperar de una niña de mi edad, pero apenas tolerables frente al alto rango de expectativas que tenían ellos en mí. Y si soy honesta, todavía alzo mi cara al cielo y no encuentro la punta del iceberg que representa las metas y virtudes que constituyen a la persona que debería ser. Sigo en el primer peldaño, caminando en círculos, abatida y desesperanzada; sin ánimos de subir al siguiente.




En efecto, Cielo Latini no es la única joven que ha expuesto lo que la mayoría de la gente calificaría como infernal, espeluznante, inconcebible, grotesco, enfermo, irracional o absurdo. Mientras que los seres que padecemos enfermedades que yo clasificaría dentro de las autoinmunes crónicas degenerativas ( autoinmunidad cerebral para ser exactos) lo vemos como cosa común de todos los días. De hoy, ayer y mañana. Para el desayuno, comida o cena. Diría Latini: para el no desayuno, la no comida y la no cena. En algunos al haberlo leído una sonrisa involuntaria dibujó por unos momentos el triste semblante de nuestra cara. Te sientes identificado y a la vez humillado: no hace justicia a tanto dolor, no le bastan esas palabras a tu alma que se desgarra desde hace 18 años lento y en silencio. Luego enciendes el televisor o la computadora y ves que la nota del día es esa misma cicatriz de tanto tiempo atrás que aún no has conseguido sanar y que en ocasiones de noche sangra y vuelve a doler con la misma intensidad o más aún inclusive que en el preciso momento en que fue desgarrada tu piel y mutilados tus vasos capilares. Descubres que es transformada, comercializada, empaquetada y puesta en venta para que las millones de borreguitas nice de alta alcurnia la compren y jueguen con ella, haciendo con Abzurdah una versión extra de la Barbie del capitalismo del Siglo XXI. "La Barbie Abzurdah" delicioso, ¿NO?. Más explícito no podría ser.


El responsable no es aquella que se jacta con las ganancias y fama del producto de su creatividad. Ella no es culpable. Ésta en todo su derecho y... ¿por qué no habría de estarlo? Así es este mundo y contados son los que se salvan de sus tentaciones y desvíos. Bastante ha sufrido y de seguro aún es mucho lo que sufre esta joven.


Es el sistema, ése que no busca beneficiar a nadie más que a sí mismo. Ése cuyo objetivo es robotizarnos para hacer de nosotros máquinas programadas que solo vivan para hacer dinero y cuya felicidad penda de ello; de cuánto tenemos, de cuánto valemos en signo de $.


De este materialismo desenfrenado derivan innumerables patologías, y a mi muy humilde opinión, es desde este punto que se debería analizar la perspectiva humana y espiritual; modificar lo que nos extermina y dignificar eso que nos eleva a un estatus mayor de conciencia (Yaaa cállenme! mucho rollo inútil).


Pero quiero llegar a esto: nada se salva de la mercadotecnia y su influencia. Hasta el rincón que considerábamos más íntimo de nuestra alma esta programado por lo que alguna vez escuchamos en la radio, leímos en un libro, o que leyeron y escucharon nuestros padres y tutores para después transmitírnoslo. Caemos en sus trampas, queremos y no ser muñecas de maniquí; queremos ser hermosas a toda costa y a la vez funcionales. Mucha contradicción y cero claridad.


Me pregunto por qué compre el libro de la dichosa argentina (ya sabemos que la publicidad y las fotillos de sacapuntas ensangrentados cumplieron su acometido). Peor aún, por qué pretendía encontrar en él todas las respuestas a lo que pasa en mi vida cuando éstas no existen en un manuscrito de una mujer con experiencias de vida muy similares, pero jamás idénticas a las mías o a las de nadie.


Recuerdo cuando visité la página oficial de Abzurdah. Otra vez esa envidia y mala leche de los ocho años me envenenaron el pensamiento y nublaron mi visión. Soy una mierda, no tengo talento para escribir, nunca publicaré algo... y miles y miles de comparaciones más que me hice a mí misma ese día y amargaron mis sueños de aquella noche. Cuando la espera concluyó y tuve el libro entre mis manos, lo leí y mi madre luego se dispuso a hacerlo. Mientras, yo moría de ansiedad y miedo pensando y maldiciendo a Cielo por ser excelente relatista y más aún, mucho más, por avalar con palabras que si es posible ver la luz del sol luego de una noche negra y sangrienta, que después de morir renaces a pesar de los percances que ello implique y que es cuestión de que uno crea.


Finalmente, mi madre pronunció las palabras que yo ya había codificado en mi cabeza y desde entonces, odiado y esperado:

-Vaya, esta chica, igualita que tú. Me parece que te estoy leyendo.

-¿ Igualita que Cielo? No, sigue leyendo, no soy igual.


Y no, no soy igual a nadie aunque trate de aparentarlo con mi cuerpo lánguido y sin gracia, con mis modales perfectos y las mentadas que no he lanzado a diestra y siniestra a esos que creo que se las merecen porque me han lastimado. Porque aunque busco y lucho por una perfección que sé es inalcanzable e irrealizable, prototipo de la mercadotecnia capitalista, y muero (literalmente) muchas veces por ser una Barbie Malibú del montón de esas de quienes habla seguido Pink Chick, YO soy YO, y no quisiera ser ninguna Cielo Latini ni mucho menos. Y vieran que dulce supo pensarlo, decirlo, escribirlo.


Por último, queda en claro que yo no menosprecio a Cielo o a cualquier otra persona. Sé de sobra que no soy más que nadie, menos tal vez, pero más nunca. Soy sólo Yo contenta con mis confusiones, contradicciones, personalidades ambivalentes y frustradas, depresiones y obsesiones. Hoy no pido más a la vida que ser YO, mañana, quién sabe.


Inténtenlo ustedes también...


Puede que se sorprendan.







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