miércoles, 20 de diciembre de 2006

DeSagÜE

Quiero vomitar hasta las entrañas, hasta las ganas de vivir.

Es insoportable, no puedo contenerle más. Estruje los canales de mi tracto en su suave avance furtivo; zarandeandome las tripas. Y escucho y siento el reflujo de sangre que se concentra, que se aglutina en las venas, arterias y capilares. Todas mis entrañas gorgojean al ritmo cruento que se animan con las burbujas efervescentes de sus hediondas emanaciones soporíferas. Ya no soy, ya no estoy, ya no pienso. Pierdo la noción abstrayendo cada sentido en la sensación que el palustre de quimo va hendiendo entre los repliegues de mi tejido epitelial; Le somete a un suplicio tortuoso, agonizante, exasperante. No puedo, no quiero, no se fundirá conmigo para ser uno. Me rindo.

Póngome en pie. Domina a mi ser el repudio, el asco absoluto hacia aquello que me nutre y destruye. Quiero vomitar hasta los intestinos, hasta donde un germen desdeñoso e indeseado se ha quedado estancado para propagar vía vasos sanguíneos a mi organismo con insólitos males que hacen brotar instantáneamente en la piel incómodas ronchas de ilusión y esperanza.
No sé mucho sobre su origen ni dónde ni porqué le he cogido - quizá ocurrió en un corto despiste en el que olvidé maltratarme, descuidarme y humillarme con decisión.- Sólo sé que no le deseo dentro, que debo expulsarlo así tenga que escupir sangre y cachos de pescuezo.

Agoté mis energías. No puedo liberarme de esa conmoción dudosa y perturbante de la cual no me es de fiar su veracidad y marcada enjundia. Prefiero no osarme a creer, prefiero guardar cierta distancia; un determinado recelo. Elijo devolverle a sus orígenes... muy lejos de mí a través del excusado.

¡Demonios! He regurgitado cuanto me ha sido posible y no consigo echarle. Veo desfilar en hilera ácidos gástricos entremezclados con equívocos y añejos paradigmas y prejuicios que finalmente lograron despegarse de mis paredes estomacales a fuerza de muchos golpes, repetitivas infecciones y aún más antibióticos varias veces contraproducentes e intoxicantes. Distingo también uno que otro rencor que di a luz en el paleolítico y habían enmohecidose supongo allá al fondo del yeyuno, así como algunas piedritas de sarro que congestionaron otrora conductos menores. Pero nada, ni puta señal del E.coli que se enterca por limpiar mi interior de tanta podredumbre autodestructiva la cual, siendo honesta, no es de mi agrado perder.

Tengo miedo a vivir sin ella. Tengo pavor de dar un paso fuera de mi zona de seguridad aunque dañina, reconfortante y privada. No sabría cómo arreglármelas con un mayor volumen de cabello, de espacio corporal, de presencia y deberes. No encontraría con qué más llenar el hueco que hondaría mi vicio de exterminio personal al marcharse. No, mi sufrimiento es excesivamente delicioso y placentero para sustituirle sin más. Y además ¿quién me asegura que no es un engaño, una purga momentánea que se esfumará tan veloz como apareció? Me ha ocurrido ya en el pasado, no una ni dos ni tres ocasiones, sino que miles, y no es mi intención entretenerme más en este juego de recaidas y porrazos morrocotudos.

Continuaré desgarrándome la garganta, a ver sí entre la gran pérdida de hematíes y electrólitos no tiene más opción dicho ente que retirarse a un hogar donde pueda existir felizmente y sea bienvenido. No es mi sueño experimentar una diarrea cósmica que me vacíe de todo lo malo que me corroe adentro y al mismo tiempo, sin el percato mío o de nadie, produzca un desagüe deshidratando de cualquier emoción o sentimiento a mi alma. En donde un odio emergente de mis áridas e infértiles entrañas vendría a ser dueño y señor de tales desolados parajes y que no descansaría hasta saberme aniquilada. Entonces sí, no se distraigan buscando terapeutas o psiquiatras y me compran una lápida de inmediato.

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