El lugar era ostentoso. Al sentarme a la mesa pensé que mi madre me había llevado con el único propósito de hacerme una guasa de pésimo gusto. La miré de reojo, aguardando por una risilla sarcástica que me dijera sin palabras: -no podemos pagarlo, vámonos al McDonald's de enfrente (yiac, naturalmente le rehuyo a la fast food, ni olerle tolero).
Pero en su lugar escuché: -Anda hija, pide lo que quieras. Tu elige.
¿Qué yo elija? ¡Vaya! ¡Pellízquenme para que despierte si es que estoy soñando! Una felicidad infinita que no conocía sosegó mi espíritu rumbero (o mejor dicho, rumiante) y quise retenerle en mis papilas y degustarla durante mucho, mucho tiempo.
Así estuve unos cinco minutos que no me bastaron, pero tampoco hubiese bastado la eternidad para gozarle cuando caí de vuelta en la realidad: el restaurante lujoso.
¿Qué comida sirven aquí? fue el primer pensamiento que ultrajó a mi mente. ¿Cuántos platillos diferentes tendrán?, ¿cuál será su especialidad?, ¿qué me convendría comer primero, la ensalada o la pasta? Cientos y cientos de preguntas se formulaban en mi cabezota de melón podrido y de ninguna conseguía respuesta correcta; la ideal esperada por mi madre y que anhelaba regalarle por una maldita vez para que se sintiese orgullosa, si es que era posible; del imperfecto ente al que llamaba hija.
De pronto, desparecí de la escena y devine en un simple expectador de las enmarañadas ideas ante las que empezaba a sucumbir mi mente. Observé como se demolían grandes edificios de integridad y seguridad que cimentaban con madera y cartones la infraestructura de mi ser y me aplastaban entre los escombros de lo que fue. Más bien, ingenua de mí que creyó que alguna vez fue. Sin embargo ahora sé era tan sólo ilusión óptica; un reflejo distorsionado de las paredes de papel simulando paredes de ladrillo y concreto de majestuoso color blanco.
Temblé. Mamá se asustó pero no supo expresar esa preocupación. Nunca fue buena dándome consuelo o tranquilidad y dicha ocasión no sería la excepción. En su lugar me reprimió, me gritó y exigió un comportamiento más adecuado y menos vergonzoso. Había mucha gente mirando. No me gusta ser juzgada pero tenía miedo y no podía parar. Mis piernas danzaban al compás de la desesperación y del terror que paralizaban mi razón y voluntad.
No lo soportó otro minuto; era no más que una niña mimada, caprichuda a sus ojos y eso tenía que acabar. Nunca regresamos a aquel sitio. Ni pude probar esos manjares tan exquisitos. Muchas cosas cambiaron, la mayoría para bien y sin temor a equivocarme lo digo. Pero aquella felicidad pura y franca desapareció para no volver jamás.
Elijo. Sí, elijo mi vida desde ese momento aunque mis decisiones se hayan visto marcadas por el suceso en aquel restaurante. Hoy voy en contadas ocasiones a similares establecimientos y ya no cabe la confusión de ese entonces.
Me limito a ordenar un agua mineral, para "activar" las neuronas; zyprexas, para caer en brazos de Morfeo y olvidarme de que sigo en mí; un bisturí, para no sentir más que el calor de la sangre al correr por mi piel; y una copa de coñac, para desvanecerme en lo etéreo de su dulzor.
¡Mesero! La cuenta por favor.
Yo invito, que mi economía prospera en monedas de dolor.




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