jueves, 14 de diciembre de 2006

TRiUnfOs rOBaDos

Soy un fiasco en mi esfuerzo por estar bien. Soy zarrapastroso fraude en el conato por estar mal. El infortunio sigue mis huellas haciéndome fallar en todo; hasta aquello en que me considero tan experta que ningún adversario de las grandes ligas podría llegarme siquiera a los talones; o tal cosa suelo pensar aunque conozco bien es razón de la soberbia que oculto a mis mismísimos pensamientos prestando oídos sordos y fingiendo que no hay en mí gota de ella. (¿Cuándo no? es la cuestión que sé inclusive ustedes sin exceptuar a esos despistados que ni idea de que habla éste blog aunque lo lean, se preguntan).

Me he nombrado en disímiles ocasiones campeona, por no escribir una mayor garrafal y pueril tontería, basta y sobra con dicha pendejez; en el arcaico oficio de la destrucción del propio ser con sus debidas manos. Y digo garrafal porque de ser brillante discípula en la materia de auto infringir dolor o daño descomunales a mis muslos, brazos y/o muñecas hubiese muerto desangrada muchos años atrás; o sino en la asignatura de envenenamiento por ya tragarme 50, 100 pastillas y no 40 como acostumbro que sólo producen ligeros cosquilleos en mis miembros superiores e inferiores y leves mareos que oscurecen mi visión cinco segundos.
Me causo nauseas. Matarme es mi Misión Imposible I, II, y III, jajaja. Todas y cada una forman parte del churro hollywoodense protagonizado por la mala actriz esta vuestra servidora. Mmm y no hay Tom Cruise alguno, perdido entre el desierto con su moto voladora que venga a rescatarme. Ni qué hacerle. (No, no se marchen... Dejaré de desvariar, lo prometo).


A las 10:00 de la mañana, más o menos, no sé bien; mi amada madre me hizo el enorme favor - carente de ninguna mala intención, le reconozco y sé que sería incapaz de desear siquiera sacarme una única y diminuta lágrima mas sus no propósitos han desaguado hasta la sequía mis muy enrojecidos ojos lo que no hubiera logrado jamás sí aquel fuese su acometido- de recordarme mi nula determinación para demolerme. Entonces tiré mi título de gloria en "flagelación avanzada" (cuál gloria, pero en fin qué más podrían esperar de mí) y me fui a tender en el fango de autoconmiseración de profundidad infinita que visito con cierta frecuencia cada que me es factible.

"... Tu tía conoce a esta chica; asiste a su grupo de baile. Pobre mujer, tiene 26 años. Tan delgada es... tu a su lado te verías gorda". ¿QUÉ? ¡Dios! Mi vieja me ha dicho gorda y no necesito un coeficiente intelectual de genio para comprender su mensaje. No fue todo, hay más: "Fíjate que menganita, la pareja de tu primo tiene ataques de pánico por su obsesión con la comida. Hay a quienes la enfermedad les pega duro". ¡¿Y a mi no?! ¿Ahora captan mi frustración? Nadie me mira agraviada por mis trastornos, ni siquiera flaca, a lo más loca. Me malogro aún en mi supuesta enfermedad; supuesta pues ni a la realidad aspira.
Qué mezcla de sentimientos más extraña y confusa me abrumó y solté a llorar, balaseando cada pared de la casa con palabras cuyo calibre tocaba la insignificancia y fracaso en todo aspecto de mi existencia. Mi progenitora no sabía cómo apaciguarme por lo cual he debido de hacerlo yo. Cerré los labios y me reconfortó saber que el silencio es mi arma más poderosa; el cianuro mortal infalible que vengo sorbiendo desde mi primera infancia y el seguro motivo de mi futura muerte.

Contradígome demasiado. En vez de alegrarme hipocritamente por ser tan buena mintiendo, tan buena engañando y mejor ocultando pataleo del coraje que me produce que mi familia considere de salud más delicada y afectada a jovencillas que ni conocen; y que no den media vuelta para mirar así mis huesos, así las cicatrices de muchas, muchas cortadas con la navaja del rastrillo, o las úlceras a lo ancho y largo de mi tracto digestivo que perforó el ácido gástrico del estómago en su regresión a mi boca. En lugar de sentir orgullo por no gritar esas ocasiones en las cuales es más de mis fuerzas superar los atracones, la angustia por comer o no comer, y el pánico aniquilante con que me azota la soledad.
Sí, debería estar contenta por no ser de "hierro", y no obstante, simularlo y reír al lado de quienes creen a mi sonrisa. Entonces ¿Por qué ello no me resulta motivo de felicidad? ¿Tendrían ustedes la gentileza de hacérselo entender al cerebro de chorlito que teclea éstas letras?

3 comentarios:

Viölettä dijo...

como siempre el leer tus relatos, me llena de emocion, de trizteza, de kosas ke simplemente no me permito escribir.. ok. gracias por lo de el libro tendre ke buskarlo chao ...

Anónimo dijo...

sabes por k es eso?? pro k muy e el fondo a pesar k tenemos meido k sepan d nuestra enfermedad.. en verdad los necesitamos nuestra alma pide a gritos amor.. y eso es lo q hace k te pongas asi ..solo buska ese amor ten la fuerza de hacerlo.. veamos linda trankila.. y pasate por mi blog!! besos!

Anónimo dijo...

Sofia, tiene razon, y es algo que tambien he notado cuando converso contigo... no tengas miedo de enamorarte, disfruta la vida Barbie.