viernes, 8 de diciembre de 2006

CaFé, cHaRLa, lLuVia: LA mIsMa MieRdA HeLadA De uN dICieMbrE 8


Amanece. El cielo está gris. No le miro con detenimiento pero a simple vista lo detecto pues el sol no resplandece cual 9:00 am. Un día oscuro sin rayos amarillos; doy la vuelta e ignoro este importante detalle que presagia las peores catástrofes. Evito recordar mañanas más negras y frías que hoy como si a tal efecto le subsiguiere el desvanecimiento perpetuo de aquellas horas de dolor interminables.
Vivo el ahora, mi presente. Mi rutina diaria indiferente y tan distanciada de las emociones que aplacan sin misericordia los malévolos antidepresivos y antiansiolíticos recetados por el inconsciente del psiquiatra; a sabiendas de que ello despabila mi sin razón y mis sentimientos. Y yo odio estar hueca, sentirme vacía ya de aflicción, de pasión desbordante o júbilo ficticio.
Me dirigen al psicólogo. Hablo y hablo; nada me calla. Tengo mucho que decir y pocos minutos para tal acción. Mis 20 años no se cuentan en 2, 6,8 ... 16 horas. De más esta decir que los pensamientos y reflexiones tejidos durante casi estas dos últimas décadas dentro de mi cerebro no se encierran por entero en las entradas que he escrito en el blog que están leyendo; falta demasiado por narrar y descomunales cantidades de oraciones que construir para que recién inicien el recorrido al sinuoso viaje que transporta al interior de mi complicada persona. Sólo anhelo que me alcance la vida -y las palabras- para poder hacerlo.

Finaliza la sesión. Salgo animada, confiada. Recogemos a mi Prima y a su bebé; niño hermoso de un año con quien podría pasarme la vida entre sus sonrisas. Te agradezco, Ian mi rezongón favorito, por la fabulosa tarde que me has obsequiado. Por su pueril e inmaculada sencillez, siempre gracias.

Ya no hay tiempo, arraso hasta el baño. Tomo una ducha, luego me arreglo y maquillo. Me disfrazo de una joven que no soy pero que presento ante mis antiguos amigos en el café en que hemos acordado desde el martes pasado encontrarnos.

Perdón, no he mencionado un dato relevante, llueve. Caen gotas de agua congelada que diluyen la pintura de mis mejillas y párpados mientras entro a dicho lugar. Tomo una silla y trato de componerme el peinado. Imposible. Saludo a Ann, a José y a Esteban. Percibo una mirada esquiva. Digo nada; y no resulta extraño que así continúe al terminar la velada.

Mi bebida: un capuchino con kahlúa y anís ha desapareció de la taza. Me pesa en la conciencia y en la panza. Y pienso que ni siquiera me agradó el sabor picante del anís ni las palpitaciones aceleradas que produjo el café en combinación con el kahlúa en mi corazón; además que se enfrió a los 30 segundos de traído a la mesa. Reprocho el haber elegido esa hostia de café que me cuesta bastante plata y que no la vale, pero aún más estar sentada ahí, entre los tres seudo amigos con quienes últimamente no convivo ya que desconozco el motivo- no por completo- de que eviten u olviden sin falla invitarme o tan siquiera llamarme. Les soy invisible, indispensable, sustituible ... como en este preciso momento en que charlan vertiginosamente del mundo donde yo he dejado de existir porque mi vida es por mucho más fastidiosa y patética que la suya. No tengo carrera, no tengo un título, no tengo posibilidades de sobrevivir en un futuro. Lo sé, no devuelvan esos pensamientos tortuosos a mi mente.

Llego a mi casa, por fin. La lluvia no cesa. Heme acá cuatrapeada de los cabellos a las puntas de mis botas. Estoy empapada no de agua que baja del cielo, pues me he mudado de ropa; sino del llanto que no lloran mis ojos sin tregua ni trato. Vuelve a mí la impotencia y desesperanza que se marchó por unas semanas, mas no para siempre. Se enquista en mi alma y la atrapa en un miedo incontenible por el incierto -fatal en mayor medida que incierto- mañana. Me quiero morir o de menos dormir. Sin embargo aquel maldito café me tiene despierta a las tres de la madrugada según el reloj de la computadora.

Estoy extraviada entre mi yo conciente e inconsciente; producto este último del cansancio que me va venciendo. La coherencia se me escapa y no quiero ir tras ella. La dejo volar. Me quedo con una idea que se repite y no deseo soltar: Creo que debo empezar a valorar los augurios que pronóstica el clima y no salir de casa sino es con sombrilla y bien abrigada.

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